miércoles, 9 de noviembre de 2011

INFIERNILLO

A Marcelo Lizardo Olivares,

a quien le debo toda mi infancia.


(Cuento)

“Ni siquiera tienes barba para tener mujer, el día que te crezca ya serás un hombre de verdad, allí sí nadie te lo impedirá”, me había dicho mi tayta con voz firme.

Es que él era hombre de armas tomar; en el pueblo todos lo respetaban porque desde muy joven había sido bien tinterillo. Había sido juez, gobernador, teniente gobernador y hasta se había hecho pasar de cura en nuestra iglesia. Ahora era presidente de la ronda campesina de nuestro pueblo.

Ante las palabras de mi tayta sentí mucha pena, porque harto estaba sufriendo por la Normita. Quería llevármela para que fuera mi mujer, pero ella estaba harto aficionada por otro hombre que era hijo del Alcalde, a quien en el pueblo todos lo llevaban mal. “Ojalá lleguen los cumpas y le den vuelta a ese jijuna”, decía siempre en mis adentros. Que Dios me perdone por haber deseado el mal a mi prójimo; es que la rabia me hacía hablar por demás.

Ella ni caso me hacía; una vez inclusive asistí a la fiesta del patroncito San Isidro, donde sus taytas eran mayordomos. Hicieron una gran jarana con harta cerveza, con buena banda de músicos, y todo con la plata de ese jijuna de su amante. No sé cómo me atreví a ir. Y para mi mal, sus taytas me botaron delante de todos, como si fuera un perro. “¡Lárgate so muerto de hambre!”, diciendo.

Al recordar todo esto desde esta inmensa cruz donde descansa mi tayta, rabia debería darme por haber sido un mal hijo; pero yo sé que él me ha perdonado, y prometo ante su cruz terminar con esos cumpas que tanto daño nos hicieron. Todavía recuerdo con harta cólera que una noche la paca-paca, ave de mal agüero, había cantado en la torre de la iglesia, y a la siguiente noche el gallo de doña Dominga había cantado a eso de las nueve cuando el pueblo se disponía a dormir; y todos -hasta mi tayta que era bien valiente y no creía en supersticiones- empezaron a sentir miedo.

Así pasaron cosas extrañas durante dos noches más.

Esa vez al asomarse el crepúsculo que poco a poco fue llenándose de misterio y de alegrías inciertas para los escasos amantes que a esas horas escondían al mundo sus amores. Más tarde se escuchó el canto del gallo, a la misma hora en el que el día anterior lo hiciera la paca-paca. Entonces llegaron los cumpas. Cómo nomás sería; sacaron de su casa al alcalde Guillermo y a su hijo, a ese presumido amante de mi Normita. Luego tocaron la campana de la iglesia y convocaron a toda la gente a una reunión. Allí nos hicieron cantar canciones que hablaban de igualdad social, pero a decir verdad, casi nadie sabía qué eran esos pregones. Después nos dijeron que ellos estaban luchando por el cambio de nuestro país y que nosotros estábamos en la obligación de ayudarlos. Por ratos quería ir a luchar con ellos, todo para olvidarme de ella, de la Norma; pero tenía miedo, y mucha pena por mis taytas. En eso que estábamos, trajeron a empujones al Alcalde y a su hijo, estaban maniatados y vendados sus ojos. Todos vimos con espanto cómo los ahorcaron en lo alto de un pino que crecía en la plaza, mientras la esposa y sus dos hijas lloraban desconsoladas, casi alocadas. Se jalaban los cabellos. Hasta parece se orinaban entre sus lloriqueos. Luego uno de ellos, el que comandaba la tropa de los cumpas, gritó con una voz aterradora: “¡Cállense, carajo; si derraman lágrimas por estos traidores es porque ustedes también quieren morir como perros!” Al oír esto, ya casi nadie se atrevió siquiera a gemir.

Consumado la tragedia, nos ordenaron a todos los varones, chicos y grandes, que arrastráramos a los difuntos a las aguas del río Puchca para arrojarlos. Así lo hicimos, que Dios nos perdone, pero ellos, los cumpas, estaban a nuestro lado apuntándonos con sus armas. Fue así que, poco a poco, cesaron los llantos.

La mañana siguiente en todo el pueblo reinaban la soledad y la tristeza, hasta parecía que el tiempo lloraba; cayó una lluvia incesante casi toda la noche. Allí recién recordé al comandante de los cumpas, era un hombre alto y robusto y con harta barba. En mis adentros me decía: “Cómo nomás esa barbita no aparece en mi cara. Entonces sí podría casarme con la Normita”. Es que desde que mataron al Claudio, a ese presumido hijo del Alcalde, sentía que ella ya comenzaba a tenerme afición.

Al día siguiente me levanté tempranito, piense y piense en las barbas de ese comandante. Teníamos que ir a la chacra con mis hermanos Armando y Nelson a sembrar un poquito de trigo y cebada. Al tomar mi desayuno, seguía piense y piense en las barbas de ese terruco. “Cómo nomás, carajo, esa barbita aparecería en mi cara”, diciendo. En eso vi que mi tayta estaba frente a un espejo afeitándose la barba, yo lo veía disimulado nomás, intercambiando la mirada entre mi tayta y mi caldito de papa que mi mamita me había servido. Después de un rato, vi que terminó de afeitarse, agarró su alforja y se lo colgó al hombro. Partió a Huaytuna a comprar abono para las papas que ya estaban en su aporque. Entonces corrí disimulado, agarré la prestobarba que había dejado sobre una piedra y lo metí al bolsillo. Luego cogí mi racuana y partimos junto a mis hermanos a las faenas de la chacra, cargando nuestro fiambre.

Casi toda la mañana nos pasamos labrando harto la tierra bajo el sol de fuego. Yo trabajaba piense y piense en dos cositas: en la barbita del comandante y en la Normita. Mi hermano mayor, Armando, nos dijo: “vamos a almorzar ya para terminar rápido, porque parece que ya viene la lluvia”. Almorzamos un poco de papitas y ají acompañados de pescado salado que mi mamita había remojado el día anterior. En eso que estoy, me dieron ganas de hacer mis necesidades. Salí corriendo y me senté al pie de una inmensa roca. Es allí que recordé lo que había traído. La saqué con cuidado, y practiqué un poco afeitarme, imitando los gestos de mi tayta; en eso vi que la prestobarba me había sacado unos cuantos vellos. Ya un poquito alegre, estuve practique y practique más y más, allí sentado haciendo mis necesidades. Desde esa vez sacaba mi prestobarba y me rasgaba la cara una y otra vez, casi a diario. Hasta que por fin una mañana mi mamita me dijo: “Mashico, ya estás viejo, hijito, ya te está creciendo tu barbita”. Ante esto, mi tayta y el Armando se carcajearon, agarrándose todavía su barriga…

Una noche anterior a esa, la paca-paca no había dejado de cantar sobre el techo de la iglesia del pueblo. La melodía era tan triste que llegaba hasta los mismitos huesos; y al dia siguiente, incluso los perros, a lo lejos, dejando su tarea de cuidar las manadas, se ponían a aullar como si estuvieran viendo al alma en pena. Todo el pueblo entró en un silencio espantoso. Ese día, el sol salió como siempre por las alturas de Conín, alumbrándonos con sus rayitos débiles, pero todo el mundo estaba asustado, porque sospechaban que algo malo estaba por suceder, y una que otra anciana trataba de profetizar lo que ya se avecinaba.

–¡Es castigo del Señor!

–¡Dios mío!

–Sí, pues, anoche acaso no escucharon a la papa-paca.

Ante tantos vaticinios, nos reunimos toda la gente del pueblo para hacer frente a los cumpas que ya estaban asolando por demás esta parte de la sierra. Nos recogimos a eso de las nueve de la noche toditos, incluso mujeres y niños, porque todos teníamos que defendernos de los abusos. Lo único que nosotros queríamos era vivir en paz, porque ya estábamos cansados de que un día llegaran los cumpas y otro día los sinchis y cada cual nos castigara diciendo que éramos traidores. Ya habían desaparecido al Mardonio, al Liborio, al Teodoro y a mi tío David, diciendo que eran soplones.

Una vez reunidos, mi tayta, como Presidente de la Ronda, nos explicó rápidamente las estrategias de defensa y mandó al hijo de mi tío Cirilo, al Jorge y a mi hermano menor Nelson, a que comandaran la defensa de las zonas de Rahuapampa y Palca; y a mí me ordenó comandar la defensa de las zonas de Tarapampa, Pomachaca y Patay, para que la gente no pensara que a sus hijos no nos daba tareas de alto peligro. En eso que estábamos, llegaron los cumpas por las alturas de Huaripampa. Venían como setenta, la mayoría jóvenes; hasta había mujeres. Al instante ingresaron al local de la reunión y capturaron a mi tayta y demás personas que, como el Casimiro, dirigían la reunión. “¡Así que, carajo, traicionando la revolución! ¡El partido tiene mil ojos y mil oídos!”, diciendo. Nos llevaron a la plaza de armas del pueblo y allí mismo lo amararon a mi tayta en el inmenso pino ya destinado al sacrificio, colocaron a su costado al Casimiro. Entonces recordé cómo habían muerto meses antes el alcalde Guillermo y su hijo Claudio.

Antes de ejecutarlos empezaron a hacer sus reuniones diciendo que ellos estaban con nosotros, con el pueblo más necesitado, y que no eran nuestros enemigos, distintos a esos sinchis que también venían a cada instante pero a robarnos nuestros animalitos y a abusar de las muchachas. (Hasta ahora poco a poquito, iba aumentando los niños en el pueblo, ya de los sinchis o de los cumpas que se hacían llamar Sendero Luminoso. Había niños morenos, gringos, achinados; de todo tipo).

Los cumpas nos arrimaron en uno de los rincones de la plaza, a toditos; incluso niños y ancianos; y sin respeto de nada, empezaron a dispararle por doquier a mi tayta y al Casimiro; cayera donde les cayera, reventándoles todas las partes del cuerpo. Mientras mi mamita gritaba hasta perder el sentido, yo solo observaba todo lo que estaba pasando. Después de cometer esa maldad, gritaron en coro: “¡Así mueren los traidores!”, y luego nos empezaron a apuntar con sus armas a toditos los que estábamos en la esquina, arrimados, temblando como perros envenenados.

Nos dispararon. “¡Muerto el perro se acaba la rabia!”, diciendo. Fue así que las balas reventaron mis entrañas, caí sin decir ni siquiera mi última voluntad. Luego mis ojos aún veían el resplandor de la luna que a lo alto se dejaba ver, opaco, opaco. En eso miré a mi mamita que estaba casi a mi costado, tirada como muerta, cuando uno de los cumpas se le acercó lento, lento, e inclinó la cabeza para verle la cara. Ella no sé de dónde sacaría fuerzas, levantó la cabeza y le escupió con rabia. El jijuna reaccionó y le dio una patada en plena cara a mi mamita torciéndole el cuello. No conforme con eso, le comenzó a dar patadas en el vientre, en la espalda y otra vez en la cara. Luego sacó su revólver y le soltó un tiro en la nuca. Allí sí mi mamita ya no tuvo reacción, mientras yo lloraba en mis adentros viendo todo lo que había pasado. Intenté moverme, ponerme de pie, acercarme donde mi mamita, pero no podía, mis huesos estaban como molidos.

En eso que estaba, vi que los cumpas empezaron a caminar hacia las zonas de Huariamazga entonando una canción: Esa que llamaban La internacional. Al ver todo esto, harta cólera sentí, quería vengarme de todos, por mi tayta, por mi mamita y por todo el pueblo. Ahora ya no quedaba vida en mi pueblo, ni una persona, ni siquiera un niño. Nada, absolutamente nada. Solo uno que otro perrito aullando lastimeramente al lado del cadáver de su amo. Allí mismito reconocí a mi “Cutu”, mi perrito pastor que tanto cariño nos tenía. Se iba acercando poco a poco, agachadito moviendo la cola, queriendo lamerme la cara; como queriendo decirme: “no te mueras, no me dejes, resiste un rato más”. Pero yo ya no podía hacer nada, pues al instante llegó la muerte sin avisar, sin decir nada; como un breve balbuceo desde lo más recóndito del espíritu. Ahora solo quedaba confiar en mi hermano Mashico, que a decir verdad, fue un mal hermano, un mal hijo; porque se marchó a la capital cuando más lo necesitábamos. Sin embargo, lo perdono porque el error es humano y estoy seguro de que él hará venganza por todo el pueblo…

Ya con la barba crecida, comencé a convivir con mi Normita, en casa de mis taytas.

Mi tayta me comprendió como es debido.

Qué lindo era tocar sus dulces pechitos, sus nalguitas de niñacha, su cinturita corpulenta, su carita de mamacha Virgencita.

En eso que ya llevábamos como tres semanas de vivir juntos, mi tayta tempranito me hizo salir de la cama y, arreando a “Alan”, nuestro burrito. Me llevó dizque a recorrer todas nuestras sementeras. Al llegar a Huamallog, me hizo ver nuestra chacra, que era la más grande de todas las que teníamos y, señalando, me dijo: “Hijo, desde aquel mollecito hasta esa piedra inmensa que tiene la figura de una mujer, es para tu hermano Armando; desde esa piedra hasta este riachuelo es para ti; y desde este riachuelo hasta el lindero con la chacra de la comadre Marga es para tu hermano Nelson. Así que, hijito, de hoy en delante ya verás como mantienes a tu mujer, porque ya eres hombrecito y ya tienes barba”.

Desde esa vez, empecé a sembrar por mi cuenta, siempre sirviendo de minka con los demás jóvenes del pueblo; pero siempre mi tayta y mis hermanos nunca me dejaron de ayudar.

Pero la Normita cambió de repente, ya no era la que había conocido. Dormía hasta tarde y yo mismo tenía que preparar mi desayuno para irme a trabajar. Ella se iba donde sus taytas y por la tardecita yo no encontraba nada para comer. Yo tenía que cocinar y cuando ya la noche estaba avanzada recién ella se asomaba. No podía hacer nada, y para colmo de males seguíamos sufriendo los abusos de los cumpas y de los sinchis. Esto ya era para llorar. Entonces pensé que lo mejor era irme lejos, a la capital; porque allí decían que se hacía fortuna. Años atrás se habían ido el Demetrio, el Fortunato, el Teodoro, y ahora hasta mandaban plata y víveres para sus taytas.

Pensando así, una de esas mañanas, llevándome a la Normita, me enrumbé a la capital sin avisar a mis taytas. Pero ahí la vida no cambiaba. ¿Acaso en todo lugar para los pobres será sufrimiento? Aún así llegué a conseguir trabajo, para qué quejarme. Aunque me trataban mal; indio, serrano, me decían casi siempre. Y la Normita nada de cambiar. Claro que ahora no se iba donde sus taytas, sino que se pasaba viendo y viendo programas de televisión en casa de la vecina. ¡Carajo, esto era para ya no resistir más! ¿Así serían todas las mujeres? Siempre pensaba en lo mismo: “¡Ay, Normita, Normita; para qué maldecir, contigo paso días tristes y noches alegres, barbita del demonio para qué creciste!”.

Así, un día decidí regresar a mi tierra, a vivir sembrando mis chacritas y criando animalitos. La vida de la ciudad era para la gente de aquí y no para nosotros que vivíamos de la tierra.

Un maldito día retorné a mi pueblo, ya solito, porque la Norma ya no quiso volver. Decía que ya no quería vivir como campesina, ni alejarse de la modernidad, de la televisión, de las ropas jean, de los microbuses y de esas músicas que se bailan juntando los cuerpos como si estuvieras fabricando hijos por montón. La muy condenada llegó a decirme: “Ándate tú, pues, a comer tu cancha, a bailar tu huayno y déjame aquí en la costa”. No le insistí más. “Que ella misma se dé cuenta de todo”, diciendo.

Cuando llegué a mi pueblito, todo había cambiado. Las sementeras se habían secado; no había ni un pedazo de tierra que estuviera verde. Solo había malas hierbas por montón. Parecía que no existiera vida. Aun así no se me iban las ganas de abrazar a mis taytas, a mis hermanos y a los amigos que un día abandoné por tonto.

Todo era bien raro, no era como antes en que hasta los pájaros le daban a uno la bienvenida. Las rocas parecía que se quejaban de algo y el Puchca bramaba más que nunca como queriéndome hablar, no había ninguna señal de vida. No ladraban los perros ni se oían mugidos. Las casas a la entrada del pueblo estaban destruidas o cayéndose a pedazos. ¿Sería acaso que la gente pensó igual que yo?, ¿que en la capital está la fortuna, y se marcharon todos? Ni bien terminé de hacerme esta pregunta, apareció mi Cutu, mi perrito pastor, quien al verme saltó de alegría como dándome una bienvenida merecida. “Cutu, Cutito; perdóname, ya estoy aquí, ya regresé, y ahora sí para nunca más irme”. Seguí avanzando guiado por mi perrito. No encontraba a nadie. Llegué hasta mi casita y estaba destruida. Sin puertas ni ventanas; no sabía adónde ir. Entonces el Cutu empezó a caminar moviendo su cola llamando mi atención. Dudé en seguirlo pero pensé que mis taytas se habían ido a vivir a otra parte. Así que decidí seguirlo. Él avanzaba soltando aullidos terribles que me estremecían el cuerpo. Caminamos varios pasos, hasta que ingresó al cementerio y se detuvo frente a una enorme cruz. Convulsionó unos minutos y expiró, como si solo hubiese estado esperándome para guiarme hasta aquellas tumbas.

Caí de rodillas y lloré mientras leía los epitafios de las cruces. Eran los nombres de mi tayta, de mi mamita y de mis hermanos.

Así ya solo y abandonado, decidí indagar por lo sucedido llegando a Carrizales, un pueblito vecino. Allí me enteré de que habían sido los cumpas quienes acribillaron a toda la gente, y que al día siguiente llegaron los del ejército, recogieron los cuerpos y les dieron cristiana sepultura.

Ahí me quedé y ahí hice mi vida, aunque en soledad. Me distraía solo visitando los pueblos vecinos.

Hasta que un día llegó don Amador, por el camino de Calero, arrastrando a su hija Catalina, y con un puñal en la otra mano: “ya te jodiste huevón”, me increpó con voz aguardentosa. Allí entendí que el cuchillo y el embarazo de su hija me unían a ellos como una fuerza misteriosa y ciega.

Ahora estoy empezando otra vida junto a mi hijito y Catalina, mi esposa, con la esperanza de aumentar gente aquí en este sombrío y solitario pueblo, en Infiernillo.